Por: Margarita Carmona
Muchas personas cuando
quieren decir que alguien tiene mal gusto, o hablando correctamente, cuando tiene un gusto
distinto al suyo, se despacha poniendo de ejemplo a marinos y camioneros. Un comentario
bastante más común de lo que sospechamos, a pesar de que esta historia comienza allá
tan lejos como en la Edad de Piedra.
No creo exista un tratado sobre el tema, pero me hace pensar que si
alguien se mueve por el mundo, ven cosas diferentes y aprenden hábitos distintos, son
precisamente los que viajan conduciendo un camión o navegan por los mares.
¿Que tiene de raro entonces que sean diferentes en gustos o modos?
Una de las cosas que resultan más curiosas, son las modas, que a
fuerza de inducirlas sutil o indiscretamente, llegan y logran convertir en patrón de
gusto lo que antes era repudiado o mal visto. Los tatuajes, por ejemplo.
Se sabe que ya desde la Edad de Piedra hombres y mujeres se
tatuaban, el en cuerpo y el rostro. En 1991 fue hallado el fósil de un cazador del
Neolítico que tenía dibujos en la espalda y las rodillas.
Para echar por tierra la idea de que los tatuajes son patrimonio de
personas con baja cultura, recordemos que la sacerdotisa Amunet tenía dibujada la piel, y
ella, que era una adoradora de la diosa del amor y la fertilidad en la Tebas del año 2000
a.n.e., no era por su cargo ni remotamente vulgar.
La palabra tatuaje viene el inglés tatoo
(se pronuncia tatú) y llega a su vez de la Polinesia, donde
ta significa golpear. Son famosos sus habitantes por las
maravillas que dibujan en la piel y todas significan algo.
Dibujarse la piel para los antiguos habitantes de Nueva Zelanda no
era moda, servía para señalar el estatus que cada individuo jugaba en el grupo y los
identificaba de un modo inconfundible. Algo así como las huellas dactilares.
En muchos lugares las marcas en el cuerpo estaban y están
vinculadas a la religión, la cultura, el erotismo y el gusto.
Naturalmente, el tatuaje llegó a Occidente gracias (por supuesto) a
los exploradores de los siglos XVIII y XIX, que eran quienes viajaban y aprendían
novedades. La historia del tatuaje tiene también un lado oscuro. En los campos de
exterminio, los nazis tatuaban a los prisioneros para identificarlos y humillarlos a
sabiendas que la ley judía los prohíbe.
Con el tiempo, las marcas en la piel perdieron su encanto, pasaron
de moda y lo peor: empezaron a ser ofensivas a las buenas costumbres. Quedaron
concentrados en las cárceles y en los grupos sociales que vivían en muchos casos al
margen de la ley.
La idea de usar tatuajes está muy asociada a la necesidad de muchos
de diferenciarse del resto, como símbolo de rebeldía o para unir a las logias
carcelarias. Comenzando el siglo XXI regresaron los dibujos en la piel de forma muy
generalizada.
Hoy se tatúan el cuerpo, hombres, mujeres, jóvenes y viejos. Los
padres y abuelos se espantan porque llevan en su mente el recuerdo de camioneros y
marineros. Nada más lejano de la realidad.
A lo largo de la historia figuras públicas han usado tatuajes. Por
mencionar algunos, el Rey de Inglaterra Jorge V, Nicolás II, zar de Rusia; el primer
ministro británico, Winston Churchill, el ex-presidente norte-americano John Kennedy y
también y el inventor del fonógrafo, Thomas Alba Edison.
Es un problema tatuarse la piel por amor cuando se es muy joven,
porque muchas veces, en la adolescencia, se piensa que ya se enamoró para toda la
vida
hasta el otro curso escolar, cuando se enamora locamente de nuevo, pero la marca
primera, está ahí.
El segundo problema es quitarse el tatuaje. Hace falta la presencia
de un cirujano estético armado de láser Q-switched, una herramienta que funciona
emitiendo gran cantidad de una luz que penetra por la piel y al ser absorbida por las
partículas de tinta se transforma en calor.
Se trata de calentar las partículas de tinta para que estallen y se
disgreguen. Puede llevar hasta 12 sesiones en dependencia de la complejidad del dibujo, la
zona donde fue hecho y los colores. El amarillo, por ejemplo resulta más complejo de
eliminar por la cantidad de cadmio que contiene. El sitio web Elmundo.es.salud advierte
que muy a pesar del desarrollo y pericia médica actual, pueden quedar cicatrices.
Y el tercer problema que planean los tatuajes es a mi juicio, el
prejuicio. Sea una moda, un acto de fe o de amor, el tatuaje no puede servir para darle o
quitarle valor a alguien. Nos guste o no, es un derecho ajeno, porque con sus matices,
-para bien o para mal- hay algo de razón en el viejo refrán que dice: el hábito no hace
al monje.
A más de 450 metros bajo el nivel del mar, un sofisticado
equipo de sonar localizó en 2007 en el Océano Pacífico los primeros restos de Macon, el
último dirigible que se usó en el mundo y con cuyo hundimiento desapareció la era de
esos tubos volantes.
En la actualidad los hay, pero distan mucho de ser aquellos milagros
que se remontaban por entre nubes llevando pasajeros sonrientes con el corazón en la
boca. Porque quienes viajaban en globos o zeppelines eran a no dudarlo, muy valientes. Hoy
sólo se usan como cruceros turísticos o para propaganda y son tan seguros como un
avión.
Fueron los globos aerostáticos los que dieron origen al desarrollo
de los dirigibles, en ese tono, marcaron pauta los aeróstatos construidos por los
hermanos Montgolfier en 1783 en París y otros como el globo dirigible de Giffard en1852
Ya en 1784 el francés Jean Pierre Blanchard le había
puesto puso un motor a su globo por lo que éste se convirtió en el primer vuelo
propulsado. Tanto era su entusiasmo, que al año siguiente cruzó el Canal de la Mancha
con otro, pero esta vez provisto de alas batientes como propulsores y un timón con forma
de cola de ave.
La primera persona en realizar un vuelo a motor fue Henri Giffard,
quien en 1852 voló 17 kilómetros en un dirigible propulsado mediante una máquina de
vapor.
Hubo otros muchos que probaron con más o menos suerte lanzarse por
los aires, pero por lo general, sus inventos fueron usados con fines bélicos.
El comienzo de la época dorada de estos
ingenios humanos ocurrió en julio de 1900 con el lanzamiento del Luftschiff Zeppelín
(LZ1), uno de los dirigibles más famosos de todos los tiempos y cuyo nombre fue tomado
del apellido del Conde von Zeppelin, quien ya había experimentado con diseños de
dirigibles rígidos.
A comienzo de la primera Guerra Mundial los Zeppelín tenían una
estructura cilíndrica, eran hechos de una aleación de aluminio y un casco cobertor de
tela que contenía celdas de gas separadas.
Tras muchos sustos y fracasos, fue Macon el que alcanzó mayores
proporciones y quedó para la historia como el único capaz de transportar hasta cinco
aeroplanos y llevar en su interior a un centenar de personas.
Pesaba algo más de 100 toneladas que para moverlas y echarlas a
volar hacían falta 8 motores de gasolina y 12 depósitos de helio. Fue construido por la
empresa Goodyear-Zeppelín en 1933 para la marina estadounidense.
Una fuerte tormenta lo trató como si fuera un avioncito de papel
cuando era trasladado a los hangares en Mountain View en California y cayó al Océano
Pacífico sin remedio. Afortunadamente la tripulación completa pudo salvarse.
La expedición que el pasado año localizó los restos del Macon
encontró la tercera parte de lo que fue este zeppelín. Bajo el agua se mantienen casi en
su sitio los cuatro aviones que trasladaba, pero de lo que no hay rastros hasta ahora es
de la primera sección de su cola.
Supuestamente algún día la nave que marcó el fin de la era de los
dirigibles irá a parar a un museo cuando sea posible sacarla del fondo del mar y
reconstruirla, porque como quiera que sirvieron en su mayoría para fines de guerra, no
dejan por ello de ser la materialización de aquel que fue un viejo sueño humano: volar.