| Elqui: un lugar que da
para todo Por: Margarita
Carmona
Ubicado al norte chileno, en
la región de Coquimbo está el Valle de Elqui, una cuenca de origen cordillerano donde
por la liviandad del aire y su cielo aseguran el más claro del hemisferio sur
es el lugar ideal para que se den cita astrónomos, curiosos, turistas y adoradores de
espíritus y ovnis.
El nombre Coquimbo viene de la voz quechua
"coquimpu" que significa "lugar de aguas tranquilas".
Será casual, porque nadie elige el lugar donde va a nacer,
pero también allí abrió los ojos al mundo la que luego fuera la poetisa nacional,
Gabriela Mistral y seguro no le quedó otra alternativa, al sentirse influida por el
paisaje, que componer versos.
Hay de todo en el valle: un río que se
llama también Elqui, sirve para refrescar el largo verano y dejar que de la tierra nazca
una variedad extrema de frutas, vegetales y sobre todo vides, de donde saldrá luego un
aguardiente feroz que más de un conflicto trae a los chilenos: el pisco.
Por la paternidad del pisco discuten desde hace años
chilenos y peruanos. Los segundos tienen una razón enorme: en su suelo hay un pueblo
llamado Pisco y juran que fueron ellos los que crearon esa bebida que resulta noble y
engañosa al primer trago, pero al segundo, hace ver visiones y recitar poemas.
Los chilenos dicen que el
pisco es suyo y llegan a defenderse hasta con razones romántico-literarias. En su libro
Mi país inventado, la escritora chilena Isabel Allende acude al clamor nacional con una
excusa que bien vale conocerla: "Si cualquier vino con burbujas suele llamarse
champaña, aunque el auténtico sólo sea de Champagne, en Francia, supongo que también
nuestro pisco puede apropiarse de un nombre ajeno".
El país más largo del mundo está plagado de rarezas
geográficas: medio perdido entre cordilleras enormes; un desierto en el norte calificado
el más seco del mundo (aunque de repente le sale una cuña de flores), termina en un sur
helado, lleno de islas que desdibujan el mapa y no sabe el viajero a ciencia cierta si ya
terminó su viaje o todavía queda más.
Nada extraño entonces que, en una nación donde las lluvias
pueden tener cara de diluvio, las sequías parecen africanas y los terremotos toman
matices de mudanza a la carrera, haya un valle donde puedan aparecer fantasmas y
extraterrestres y tenga además la virtud de ser una ventana para que los astrónomos
miren el cielo.
Los araucanos y mapuches los primeros dueños de la
tierra llamaban a los lugares con nombres fantásticos y la costumbre quedó, hasta
que en los años de la dictadura (1973-1990), los militares cometieron la grosería de
usar la aritmética para nombrarlos. Y para colmo del ridículo usaron números romanos.
Aún las autoridades chilenas no logran legalmente cambiar este detalle matemático.
Región I, región II y así hasta el XIII, o el XV. Pero la
gente sabe por ejemplo que en el "Norte Chico" también hay un "Norte
Grande" hay dos cerros donde están instalados observatorios astronómicos en
las cumbres de los cerros Pachón y Tololo, uno de los cuales se llama Mamalluca.
También está el nombre indígena Puclaro, situado a 432
metros sobre el nivel del mar y es un embalse también situado en el valle de Elqui, con
una capacidad de 200 millones de metros cúbicos de agua y 760 hectáreas de tamaño.
Si de coleccionar incertidumbres se trata, el nombre del
país también resulta todo un enigma.
Algunos dicen que los antiguos incas el Cuzco llaman
"chile" a la forma de ají de las tierras que quedaban al sur del desierto de
Atacama; también existe la teoría de que proviene de la palabra mapuche
"chili" que significa "confín, extremidad o fin de la tierra".
A los niños en las escuelas les enredan la vida
explicándoles dos variantes: la palabra Chile es el resultado de la onomatopeyización
del sonido de un ave nacional llamada "trile", o puede venir del idioma aymara,
en la que "tchili" significaría nieve o lugar frío.
El caso es que este Norte Chico chileno es el refugio de
muchos. Hay científicos que esperan años para que les toque el turno de viajar allí y
pegar los ojos a los telescopios fabulosos que muestran las maravillas del cielo.
Además, los místicos de todas las culturas y nacionalidades
acampan en posición de loto, o de rodillas con las manos tomadas, los ojos cerrados y la
mente en blanco, esperando las buenas vibras que dicen sentir allí.
Lo consideran un polo energético positivo que les dará el
impulso para seguir viviendo. Muchos dicen haber visto ovnis y extraterrestres; los menos
afortunados al menos sienten que visitaron un lugar diferente, respiraron aire puro y al
igual que los astrónomos y sus misteriosas galaxias, le dan rienda suelta a la
imaginación, que cuando es de buena ley, no le hace daño a nadie.
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