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La triste historia de un genial humorista

Por: Margarita Carmona

Mark TwainPocos lectores saben que detrás de la gracia, el humor y la frescura de sus escritos, Samuel Langhorne Clemens fue un hombre que sufrió bastante.

El autor de ‘’Las aventuras de Tom Sawyer’’, las de Huckleberry Finn y ‘’Un yanqui en la corte del Rey Arturo’’ -entre otras- no tuvo una infancia del todo infeliz, pero ya de mayor le sucedieron desgracias tras desgracias.

Tal parece que escribir fue su respiro. Aunque siendo adolescente comenzó a publicar relatos de viajes, fue a los 27 años que trabajó como periodista en el diario Territorial Enterprise de Virginia City y doce meses más tarde lo seguirá haciendo, pero con el seudónimo Mark Twain.

Con ese nombre ha llegado a nuestros días y se le sigue reconociendo como uno de los más geniales escritores estadounidenses.

Lo marcó el ambiente que vio desde niño en un lugar llamado Hannibal, el mismo que sirvió de inspiración para crear ‘’San Petersburgo’’, un pueblo imaginario que situó en Tom Sawyer (1876) y Huckleberry Finn (1884) y que no era otra cosa que el reflejo de ese Missouri y de su propio hogar, donde había esclavos negros.

A los13 años perdió a su padre y la vida le cambió. Imposibilitado de estudiar comenzó a trabajar como aprendiz de imprenta y llegó a ser tipógrafo, pero también piloto de un barco de vapor y soldado.

Ir contra la corriente es problemático en cualquier época y fueron sin duda sus ideas las que motivaron su expulsión del rotativo californiano The Californian cuando los editores se negaban a publicar los temas que abordaba: el mal trato que sufrían los emigrantes chinos y la brutalidad policial.

Los trabajos periodísticos de esta época fueron recogidos mucho más tarde en el recopilatorio Mark Twain of the Enterprise (1857) Mientras tanto, le iba mal, tanto, que sin dinero y cerradas sus expectativas intentó suicidarse.

A los 29 años de edad se acercó a varios escritores. Le ayudó el también escritor y humorista Artemus Wadd y la vida le dio un giro: se hizo conferencista porque hablaba con gracia.

Tendrían que pasar seis años para que le cambiara definitivamente la vida y fue – que maravilla- por el camino del amor. Apareció Olivia.

Por fortuna, Olivia Langdon no era de esas muchachas que están esperando plácidamente la llegada del buen marido. Era hija de un capitalista progresista que personalmente había ayudado a muchos esclavos a escapar y ella misma tenía sus ideas propias contra la injusticia y la discriminación.

 

Un año de cartas le costó a Mark Twain convencer a su ‘’Livy’’ para que aceptara y terminaron enamorados y casados en 1870.

Sobre Olivia se sabe poco, los biógrafos del escritor la mencionan como de pasada y le confieren apenas el título de esposa. Pero fue sin dudas quien estuvo junto a él en las buenas que fueron pocas y en las malas. Y se amaron muchísimo.

Marx escribió a mano hasta que en 1883 lo hizo por primera vez en una máquina, pero el reconocimiento público por sus muchos libros no llegaba. Estaban agobiados por problemas de dinero y su primera hija, Susy murió de meningitis.

Ahora eran dos a sufrir. El nunca se perdonó la muerte por accidente de otro hijo suyo – al parecer por un descuido- y la adorable Olivia quedó inválida hasta morir en 1904.

En su ‘’Autobiografía’’ cuenta dolorosamente su vida y reconoce que lo que escribió entonces era demasiado mordaz e impublicable para los parámetros de la época.

Y lo era, hablar contra la esclavitud en tiempos de esclavistas consumados, molesta. Burlarse de la Inglaterra feudal, también. Las ruedas del poder trituran.

Fue en los últimos años de su vida – murió el 21 de abril de 1910, con 75 años, en Nueva York - cuando se reconoció la magnitud de su obra. Hasta hoy y para siempre, pero él no lo supo.

Le sobrevivieron otra hija y sus aventuras burlonas y maravillosas.

 

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