| Reflexiones
de Fidel Castro: "Se intensifica el debate" 2007-05-09
Atilio Borón, un prestigioso pensador
de izquierda que hasta hace poco dirigió el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales
(CLACSO), escribió un artículo para el VI Encuentro Hemisférico de Lucha contra los TLC
y por la Integración de los Pueblos, recién concluido en La Habana, que tuvo la
amabilidad de enviarme acompañado de una carta.
La esencia de lo que escribió y he sintetizado a partir de
párrafos y frases textuales de su propio artículo, fue lo siguiente:
Sociedades precapitalistas ya conocían el petróleo que
afloraba en depósitos superficiales y lo utilizaban para fines no comerciales, como la
impermeabilización de los cascos de madera de las embarcaciones o de productos textiles,
o para la iluminación mediante antorchas. De ahí su nombre primitivo: "aceite de
piedra".
A finales del siglo XIX ?luego de los descubrimientos de
grandes yacimientos en Pennsylvania, Estados Unidos, y de los desarrollos tecnológicos
impulsados por la generalización del motor de combustión interna? el petróleo se
transformó en el paradigma energético del siglo XX.
La energía es concebida como una mercancía más. Tal como
lo advirtiera Marx, esto no ocurre debido a la perversidad o insensibilidad de este o
aquel capitalista individual, sino que es consecuencia de la lógica del proceso de
acumulación, que tiende a la incesante "mercantilización" de todos los
componentes, materiales y simbólicos, de la vida social. El proceso de mercantilización
no se detuvo en los humanos y simultáneamente se extendió a la naturaleza: la tierra y
sus productos, los ríos y las montañas, las selvas y los bosques fueron objeto de su
incontenible rapiña. Los alimentos, por supuesto, no escaparon de esta infernal
dinámica. El capitalismo convierte en mercancía todo lo que se pone a su alcance.
Los alimentos son convertidos en energéticos para viabilizar
la irracionalidad de una civilización que, para sostener la riqueza y los privilegios de
unos pocos, incurre en un brutal ataque al medio ambiente y a las condiciones ecológicas
que posibilitaron la aparición de vida en la Tierra.
La transformación de los alimentos en energéticos
constituye un acto monstruoso.
El capitalismo se dispone a practicar una masiva eutanasia de
los pobres, y muy especialmente de los pobres del Sur, pues es allí donde se encuentran
las mayores reservas de la biomasa del planeta requerida para la fabricación de los
biocombustibles. Por más que los discursos oficiales aseguren que no se trata de optar
entre alimentos y combustibles, la realidad demuestra que esa y no otra es precisamente la
alternativa: o la tierra se destina a la producción de alimentos o a la fabricación de
biocombustibles.
Las principales enseñanzas que dejan los datos que aporta la
FAO sobre el tema de la superficie agrícola y el consumo de fertilizantes son las
siguientes:
· La superficie agrícola per cápita en el capitalismo
desarrollado es casi el doble de la que existe en la periferia subdesarrollada: 1,36
hectáreas por persona en el Norte contra 0,67 en el Sur, lo que se explica por el simple
hecho de que la periferia subdesarrollada cuenta con cerca del 80 por ciento de la
población mundial.
· Brasil se encuentra muy levemente por encima de la tierra
agrícola per cápita de los países desarrollados. Resulta evidente que este país
deberá destinar ingentes extensiones de su enorme superficie para poder cumplir con las
exigencias del nuevo paradigma energético.
· China y la India cuentan con 0,44 y 0,18 hectáreas por
persona respectivamente.
· Las pequeñas naciones antillanas, tradicionalmente
dedicadas al monocultivo de la caña de azúcar, muestran con elocuencia los efectos
erosionantes de la misma, ejemplificados en el extraordinario consumo por hectárea de
fertilizantes que se requiere para sostener la producción. Si en los países de la
periferia la cifra promedio es de 109 kilogramos de fertilizantes por hectárea (contra 84
en los capitalistas desarrollados), en Barbados es de 187,5, en Dominica 600, en Guadalupe
1,016, en Santa Lucía 1,325 y en Martinica 1,609. Quien dice fertilizantes dice consumo
intensivo de petróleo, de modo que la tan mentada ventaja de los agroenergéticos para
reducir el consumo de hidrocarburos parece ser más ilusoria que real.
La totalidad de la superficie agrícola de la Unión Europea
apenas alcanzaría a cubrir el 30 por ciento de las necesidades actuales ?no las futuras,
previsiblemente mayores? de combustibles. En Estados Unidos, para satisfacer la demanda
actual de combustibles fósiles sería necesario destinar a la producción de
agroenergéticos el 121 por ciento de toda la superficie agrícola de ese país.
En consecuencia, la oferta de agrocombustibles tendrá que
proceder del Sur, de la periferia pobre y neocolonial del capitalismo. Las matemáticas no
mienten: ni Estados Unidos ni la Unión Europea tienen tierras disponibles para sostener
al mismo tiempo un aumento de la producción de alimentos y una expansión en la
producción de agroenergéticos.
La deforestación del planeta podría ampliar (aunque sólo
por un tiempo) la superficie apta para el cultivo. Pero eso sería tan sólo por unas
pocas décadas, a lo sumo. Esas tierras luego se desertificarían y la situación
quedaría peor que antes, exacerbando aún más el dilema que opone la producción de
alimentos a la de etanol o biodiésel.
La lucha contra el hambre ?y hay unos 2 mil millones de
personas que padecen hambre en el mundo? se verá seriamente perjudicada por la
expansión de la superficie sembrada para la producción de agroenergéticos. Los países
en donde el hambre es un flagelo universal atestiguarán la rápida reconversión de la
agricultura tendiente a abastecer la insaciable demanda de energéticos que reclama una
civilización montada sobre el uso irracional de los mismos. El resultado no puede ser
otro que el encarecimiento de los alimentos y, por lo tanto, el agravamiento de la
situación social de los países del Sur.
Además, cada año se agregan 76 millones de personas a la
población mundial, y como es obvio demandarán alimentos, que serán cada vez más caros
y estarán fuera de su alcance.
Lester Brown, en The Globalist Perspective,
pronosticaba hace menos de un año que los automóviles absorberían la mayor parte del
incremento en la producción mundial de granos en el 2006. De los 20 millones de toneladas
sumadas a las existentes en el 2005, 14 millones se destinaron a la producción de
combustibles, y solo 6 millones de toneladas para satisfacer la necesidad de los
hambrientos. Este autor asegura que el apetito mundial por combustible para los
automóviles es insaciable. Se prepara, concluía Brown, un escenario en el cual deberá
necesariamente producirse un choque frontal entre los 800 millones de prósperos
propietarios de automóviles y los consumidores de alimentos.
El demoledor impacto del encarecimiento de los alimentos, que
se producirá inexorablemente en la medida en que la tierra pueda ser utilizada para
producirlos o para producir carburante, fue demostrado en la obra de C. Ford Runge y
Benjamin Senauer, dos distinguidos académicos de la Universidad de Minnesota, en un
artículo publicado en la edición en lengua inglesa de la revista Foreign Affairs,
cuyo título lo dice todo: "El modo en que los biocombustibles podrían matar por
inanición a los pobres". Los autores sostienen que en Estados Unidos el crecimiento
de la industria del agrocombustible ha dado lugar a incrementos no solo en los precios del
maíz, las semillas oleaginosas y otros granos, sino también en los precios de los
cultivos y productos que al parecer no guardan relación. El uso de la tierra para
cultivar el maíz que alimente las fauces del etanol está reduciendo el área destinada a
otros cultivos. Los procesadores de alimentos que utilizan cultivos como los guisantes y
el maíz tierno se han visto obligados a pagar precios más altos para mantener los
suministros seguros, costo que a la larga pasará a los consumidores. El aumento de los
precios de los alimentos también está golpeando las industrias ganaderas y avícolas.
Los costos más altos han provocado la caída abrupta de los ingresos, en especial en los
sectores avícola y porcino. Si los ingresos continúan disminuyendo, la producción
también lo hará y aumentarán los precios del pollo, pavo, cerdo, leche y huevos.
Advierten que los efectos más devastadores de la subida del precio de los alimentos se
sentirán especialmente en los países del Tercer Mundo.
Un estudio de la Oficina Belga de Asuntos Científicos
demuestra que el biodiésel provoca más problemas de salud y de medio ambiente porque
crea una polución más pulverizada y libera más contaminantes que destruyen la capa de
ozono.
En relación con el argumento de la supuesta benignidad de
los agrocombustibles, Víctor Bronstein, profesor de la Universidad de Buenos Aires, ha
demostrado que:
· No es verdad que los biocombustibles sean una fuente de
energía renovable y perenne, dado que el factor crucial en el crecimiento de las plantas
no es la luz solar sino la disponibilidad de agua y las condiciones apropiadas del suelo.
Si no fuera así, podría producirse maíz o caña de azúcar en el desierto de Sahara.
Los efectos de la producción a gran escala de los biocombustibles serán devastadores.
· No es cierto que no contaminan. Si bien el etanol produce
menos emisiones de carbono, el proceso de su obtención contamina la superficie y el agua
con nitratos, herbicidas, pesticidas y desechos, y el aire, con aldehídos y alcoholes que
son cancerígenos. El supuesto de un combustible "verde y limpio" es una
falacia.
La propuesta de los agrocombustibles es inviable y, además,
inaceptable ética y políticamente. Pero no basta con rechazarla. Estamos convocados a
implementar una nueva revolución energética, pero al servicio de los pueblos y no de los
monopolios y del imperialismo. Ese es, tal vez, el desafío más importante de la
hora actual, concluye Atilio Borón.
Como pueden apreciar, la síntesis llevó espacio. Hace falta
espacio y tiempo. Prácticamente un libro. Se afirma que la obra cumbre que hizo famoso al
escritor Gabriel García Márquez, Cien Años de Soledad, exigió de él cincuenta
cuartillas por cada cuartilla enviada a la imprenta. ¿Cuánto tiempo necesitaría mi
pobre pluma para refutar a los defensores de la idea siniestra por interés material, por
ignorancia, por indiferencia, o a veces por las tres cosas a la vez, y divulgar los
sólidos y honestos argumentos de los que luchan por la vida de la especie?
Hay opiniones y puntos de vista muy importantes que se
vertieron en el Encuentro Hemisférico de La Habana. Habrá que hablar de los que trajeron
la imagen real del corte manual de caña en un documental que parece reflejar el infierno
de Dante. Un número creciente de opiniones se vierten todos los días por todos los
medios en todas partes del mundo, desde instituciones como Naciones Unidas hasta las
sociedades nacionales de científicos. Veo simplemente que se intensifica el debate. El
hecho de que se discuta sobre el tema es ya un importante avance.
Fidel Castro Ruz
9 de mayo del 2007
5:47 p.m. |