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                                                     Un pueblo sin dolor

Por Osvaldo Rodríguez Martínez (Especial para la AIN)

Un cubano hace más de medio siglo enunció las ideas de una Cuba diferente, tanto, que entonces muchos lo llamaron utopía, como utópico también consideraron a su Maestro.

En aquella bella fantasía esbozaba cómo sería un país donde el hombre fuera hermano de su semejante, el trabajo se premiara por sus resultados y la riqueza distribuida sin privilegios. Y en aquel "pueblo de maravillas" los que hiciesen parir la tierra o fraguaran con sus manos el producto para la subsistencia, recibirían el reconocimiento del prójimo.

El dolor sería calmado, la sed saciada y el hambre eliminada, cual mandato bíblico de las prédicas de Jesús, pero la multiplicación de los panes y los peces estaría
fertilizada con el sudor del trabajo.


Y aquel utópico luchó por sus ideas y tuvo seguidores, aunó fuerzas y un día empezó a convertir la fantasía en hechos. Hizo de sus sueños la razón de existir y se entregó no sólo a la prédica, sino a la acción, a veces con la violencia de las armas y otras con el verbo envolvente de sus argumentos, sin descartar el ejemplo, porque siempre está en el pelotón de la vanguardia.

Tropiezos, fracasos, traiciones, desenlaces inesperados, errores, vaivenes de la
historia, caprichos, caminos errados, ambiciones, defectos humanos,... forman la dura naturaleza propia de la vida cotidiana; y frente a ello voluntad, dignidad, constancia, inteligencia, confianza, rutas corregidas, honestidad, entrega, principios éticos,... son valores indiscutibles de la esencia humana contra las que se han estrellado las dificultades.

Cual peleador incansable y voluntarioso, cada vez que recibió un golpe, supo recuperarse y tomar otra vez la ofensiva en el camino del sueño, que ya no le pertenece en particular, porque nos lo entregó a todos.

Este revolucionario cuya cabellera se ha tornado blanca en el fragor de la lucha por el sueño de lo posible, acumula hoy 80 años de existencia. Muy temprano renunció a su vida propia, para entregarse en cuerpo y alma al servicio de sus semejantes; no tiene riquezas materiales personales, porque como ha dicho, tiene lo modestamente imprescindible para vivir y trabajar y no necesita más.

Con la sensibilidad del poeta, Silvio Rodríguez, interpretando el sentir del
cumpleañero, no pensó en regalos fastuosos o costosos objetos materiales y a una pregunta de la prensa que asistía a la presentación de su último CD dijo: "le
regalaría un pueblo sin dolor."

Agencia  Cubana de Noticias (AIN) 2006