"FIDEL ES
MÁS MÉDICO QUE YO"
Por María Elena Álvarez
Las mejores amistades suelen hacerse en la escuela, en esas
Primeras edades en que sueños, travesuras, secretos compartidos y aventuras forjan lazos,
muchas veces, para toda la vida. Una amistad de esas nació en el Colegio de Belén hace
casi 64 años.
"Hace tiempo lo supe: Fidel es más médico que yo". La
frase me deja pensando, por venir nada menos que del Doctor en Ciencias Cosme Ordóñez
Carceller, Héroe del Trabajo de la República de Cuba, especialista en Medicina Interna,
Epidemiología y Administración de la Salud, Profesor de Mérito del Instituto Superior
de Ciencias Médicas de La Habana y de la Universidad de Montevideo, Uruguay, Premio de la
Organización Mundial de la Salud en Medicina Social 1990, consultor de esa entidad y su
homóloga panamericana en Medicina Familiar y Atención Primaria y director del
policlínico Plaza de la Revolución por más de 30 años.
Su amena plática, salpicada de anécdotas, comentarios y la lectura
de varias páginas de su libro La Salud Pública en Cuba, experiencias de un trabajador de
la Salud, hará comprensibles y valederas esas palabras, dichas no para adular ni por
falsa modestia, sino con absoluta certeza y admiración, que se remonta a los tiempos en
que Ordóñez era el capitán y Fidel Castro Ruz la estrella del equipo de baloncesto del
Colegio de Belén.
"Recuerdo como si fuera hoy aquellos años. Miro atrás y me
veo en segundo año del Bachillerato, recién iniciado el curso escolar 1942-1943, el día
en que corrió de boca en boca la noticia de la llegada a la escuela de un guajiro
millonario, que había matriculado en tercero.
"Poco después lo conocí personalmente, cuando apareció por
la cancha y se acercó al coach para decirle que quería practicar baloncesto.
Nuestras risotadas no desanimaron al novato y el entrenador, para
probarlo, le ordenó gardear a los que tenían el balón. Esa vez a Fidel no le fueron
bien las cosas, le hicieron muchas canastas, pero al mes ya era jugador regular del equipo
y causaba sensación por su indomable impetuosidad.
"Admiré en aquel adolescente su tenacidad y pasión, ese
esforzarse al máximo por algo. Sus éxitos en ese y otros deportes, de los cuales puedo
dar fe como cronista que fui de la revista Ecos de Belén, se explican no solo por el
talento, sino por una gran dosis de sacrificio, perseverancia y entrega.
"Obtuvo el permiso de los padres jesuítas y se quedaba hasta
bien entrada la noche practicando y practicando los tiros al aro, hasta alcanzar esa
formidable puntería que tanto temían nuestros rivales. Y así era en todo, porque al
principio no me pareció nada extraordinario en el béisbol, pero unas vacaciones se fue a
su natal Birán con una caja de pelotas y regresó convertido en un consumado pitcher.
"Fidel sobresalió también en el fútbol y el atletismo, en
especialidades como el salto alto y las carreras de los 400 y 800 metros planos. Con
razón disfrutó tanto las victorias de Alberto Juantorena.
"Confieso que, a diferencia de nuestros profesores que, como
españoles que eran en su mayoría, adoraban el bien llamado deporte de las multitudes, a
algunos de nosotros no nos hacía mucha gracia y no entendíamos esa afición de Fidel, a
la cual, sin embargo, supo atraer a muchos condiscípulos.
EL MUCHACHO INTRÉPIDO
"Lo mismo tengo que decir de su pasión por la exploración.
Para mí y para otros, boy scout era sinónimo de comebolas. Pero su
entusiasmo contagiaba y no pocos se animaron a tomar parte en excursiones y a escalar
montañas junto a aquel muchacho intrépido, que se hizo famoso con una expedición a la
Sierra de los Órganos, en Pinar del Río, donde estuvo perdido varios días con un grupo
y se ganó el grado de general de exploradores por la hazaña de cruzar a nado un crecido
río Taco-Taco, para asegurar del otro lado una soga que permitiera el paso de sus
compañeros.
"Hasta la cima del Pico Real del Turquino se propuso llegar y
estuvo a punto de lograrlo, pero cuando ya estaban en Santiago de Cuba, la goleta en la
que viajarían al sitio desde donde iniciar el ascenso se averió y no hubo manera de
repararla.
"Aunque no fuimos compañeros de aula, por estar en años
diferentes, sé que Fidel no fue exactamente lo que llamamos un estudiante ejemplar, sino
más bien finalista, que no atendía a clases, pero se bebía los libros en épocas de
exámenes y terminaba siempre con notas excelentes y premios en varias asignaturas,
gracias también a su inteligencia y a esa memoria prodigiosa que le conocemos y a todos
asombra, como asombró a todo el colegio cuando para una prueba de Cívica consiguió
aprenderse las casi 500 páginas de un libro escrito por el muy exigente profesor de esa
materia.
"Tampoco hay que exagerar. El Fidel adolescente que recuerdo
era eso, un muchacho con toda la carga de rebeldía, las travesuras y hasta los arrebatos
que suele tener cualquiera a esa edad.
"Fidel fue el orgullo de Belén, un verdadero líder, querido,
admirado y respetado por todos. Nunca olvidaré la ovación que recibió el día de su
graduación. Despedíamos, no solo al mejor deportista del colegio, al as de los
exploradores, al alumno de excelencia, sino también a un joven con una personalidad ya
entonces extraordinaria. El padre Llorente acertó al escribir en su expediente escolar y
al pie de su fotografía en la revista de la escuela: no dudamos que llenará con páginas
brillantes el libro de su vida. Fidel tiene madera...
"Belén fue una fragua. En la escuela pudo dar rienda suelta a
su innata facilidad de expresión y llegó a ser miembro de la Academia Literaria
Avellaneda, reconocido por su talento para la oratoria, la improvisación y el debate.
RESPETO INFINITO POR EL HOMBRE
"De igual modo, los jesuitas ayudaron a forjar su carácter y
alentaron muchas de las tantas virtudes que lo distinguen: disciplina, rectitud, entereza,
valentía, lealtad, altruismo, franqueza, la capacidad de afrontar riesgos, ese espíritu
emprendedor y renovador, siempre en busca de nuevos caminos y posibilidades, el sentido
del deber, del honor y la justicia y un respeto infinito a la dignidad humana.
"Nunca olvidaré a aquel indio putumayo que visitó el colegio.
Fidel se mostró como un excelente anfitrión, muy atento y preocupado por que el huésped
se sintiera como en su casa, mientras los hijitos de papá no cesábamos de burlarnos del
atuendo, costumbres y maneras del visitante.
"Sus mejores amigos de aquellos tiempos estaban en ese otro
lado de la escuela: la cocina, la secretaría, los sótanos donde malvivían muchos de los
trabajadores de Belén. Eran hombres como los hermanos Manuel y Virgilio Gómez Reyes o
Gildo Fleitas López. Y esa amistad perduró, porque sus nombres están en la lista de
mártires del Moncada.
"Su vínculo con los trabajadores fue de siempre y, no estoy
seguro, pero algunos dijeron que estuvo entre los organizadores de una protesta en el
colegio. Nada tendría de raro, pues cuando había una causa justa que defender, ahí
estaba él, presto a discutir con nuestros instructores.
"Fidel asegura que en la Universidad se hizo revolucionario y
no se lo discuto, aunque personalmente pienso que allí adquirió la cultura política
necesaria, pero el espíritu, la esencia, estaban en sus genes.
"Con ese temperamento vino al mundo y, claro está, fue
creciendo y madurando por etapas. A fin de cuentas, testigo soy de que Fidel llegó
revolucionando a Belén".
¿Y después del colegio? - Fidel terminó el bachillerato en
junio de 1945 y yo al año siguiente. Él matriculó Derecho en la Universidad de La
Habana, yo estudié Medicina, y pasaron 14 años antes de nuestro reencuentro. Todos
sabemos qué fue de él en ese tiempo y, en cuanto a mí, el revolucionario tardó mucho
más en dejar atrás al burgués, el proceso fue gradual y, si la comparo con la suya,
podría decir que mi vida pasó cuadro a cuadro, en cámara lenta.
"Claro que tomé parte en la lucha contra la dictadura de
Batista y en eso, como en tantas otras cosas, mi inspiración fue Fidel. Colaboré con el
Movimiento 26 de Julio en tareas como la venta de bonos y la organización del personal de
la Quinta de Dependientes para la huelga del nueve de abril de 1958. "Mi reencuentro
con Fidel ocurre en enero de 1959, pocos días después de su entrada en La Habana al
frente de la Caravana de la Libertad. Estaba con mi esposa en la otrora cafetería
Monclair, en Calzada, entre G y H, en el Vedado, cuando de pronto llegó en auto, al
parecer para visitar el colindante Ministerio de Relaciones Exteriores. Al instante una
multitud lo rodeó y yo le dije a mi esposa, voy a pararme en la puerta para ver si me
recuerda. Así lo hice y en cuanto fijó los ojos en mí me señaló con un dedo y dijo:
Cosme Ordóñez Carceller.
Fui hacia él, nos abrazamos, me preguntó qué había sido de mí,
qué hacía, le respondí que era médico, y él elogió el aporte de esos profesionales a
la Revolución. Bastaron esos escasos minutos para llenar aquellos 14 años y, en lo
adelante, nos vimos a menudo e, incluso, no pocas veces envió a René Vallejo, médico y
Comandante del Ejército Rebelde, a buscarme para conversar." CON ÉL ME HICE MEDICO
DE VERDAD.
La vida de Ordóñez Carceller, como la de millones de cubanos,
cobró un ritmo vertiginoso luego del triunfo de la Revolución. Durante la cruzada
alfabetizadora de 1961 fue jefe de los servicios médicos de los miembros de las brigadas
Conrado Benítez que se preparaban en Varadero, y cada fin de semana viajaba con el equipo
a la Ciénaga de Zapata para desarrollar un proyecto que, en pocos meses, convirtió a esa
zona en territorio libre de difteria, tétanos, tosferina, poliomielitis y tuberculosis.
Entre las muchas misiones de entonces también estuvieron la de
dirigir la primera campaña nacional de vacunación antipolio y la organización del
Primer Congreso Médico Nacional en la Cuba revolucionaria.
"Sin embargo, de todo aquello lo que más recuerdo son esos
encuentros con Fidel, cuando conversábamos o lo escuchaba hablar. Cada plática era una
clase: de Historia, de Política, de Economía... ¡de Medicina! Él nos enseñó cómo
luchar por la salud de nuestro pueblo, que para sanar de verdad, no para poner curitas,
había que ir a la raíz y combatir la miseria social, toda esa herencia de explotación,
pobreza, ignorancia, exclusión, desempleo e injusticia.
"Después de escucharlo, me hice revolucionario y un médico de
verdad. Yo, el burgués, hijo de una familia con nueve casas en el Country Club y muchos
otros bienes, me quedé, sí, para servir a mi pueblo, para seguir a Fidel y ayudarlo a
realizar sus sueños de justicia y progreso para Cuba y el mundo.
"Fue en una de esas noches, oyéndolo, que advertí por vez
primera algo que los años no han hecho sino convertir en absoluta certeza:
Fidel era y es más médico que yo. "Mira si es así, que en
una edición del Seminario Internacional de Atención Primaria de Salud, después de su
diálogo con una especialista del Instituto de Nutrición, le dije que ante él me quitaba
el sombrero, pues a pesar de mis títulos y experiencia profesional, todo lo que había
hablado era nuevo para mí. Fidel, como disculpándose, contestó: Es que tú sabes que yo
leo mucho.
"Tiempo atrás, recibí en el policlínico a un grupo de
congresistas estadounidenses, que me preguntaron si el Comandante en Jefe era médico. Por
la noche, en la recepción ofrecida a la delegación, Fidel me llamó aparte y al contarle
sobre la visita, aludí a la pregunta y él quiso saber mi respuesta, que fue esta: Les
dije la verdad, que estudiaste Derecho, pero que por tus conocimientos, tu visión de los
problemas y qué hacer para enfrentarlos y resolverlos y tu permanente preocupación por
la salud de nuestro pueblo, eres el médico número uno de Cuba."
Cuando se encuentran, ¿hablan alguna vez de Belén? -¡Claro
que sí!
Ambos guardamos muy gratos recuerdos de aquellos años y a Fidel le
gusta bromear y decir que si nuestro equipo perdió algunos juegos es porque yo era el
capitán".
La entrevista termina y le doy las gracias a este hombre cordial,
culto, vital y muy bromista, en quien no parecen haber hecho mella los 80 años que
cumplirá el cinco de enero próximo, quizás en buena medida porque, como Fidel, conserva
el hábito y el placer del ejercicio físico sistemático.
"En todo caso, quien tiene que agradecer soy yo. Recordar es
volver a vivir y esta mañana he revivido sucesos, pensamientos y emociones, como aquella
que en la sesión final del Primer Congreso de Medicina Familiar, al recibir del
Comandante en Jefe un reconocimiento y escucharle decir ¡Muy merecido!, me impidió
expresar lo que sentía, aunque estoy seguro que él lo sabe: Contigo antes, ahora y
siempre, Fidel. |